A día de hoy me sigue sorprendiendo tu estupidez, la tan sencilla mecánica de tu cerebro, el cual es tan simple que se asemeja al de cualquier otro animal: una paloma, un insecto, un pez, cualquier cosa excepto un ser humano. Odio repetirte lo mismo hasta la saciedad y me molesta que al hablar parezca que lo haga a la pared dado tu estado de falta de atención perpetuo. Detesto que la única forma en que las palabras lleguen a tu cerebro sea a través de reproches o gritos y no a través del razonamiento como sería lógico, pero sobretodo odio esa expresión facial, ese gesto de tristeza aceptada que se dibuja en tu rostro y que tan solo puede ser el producto de una cosa: la moral cristiana. Esa moral que te impusieron ya desde que eras sólo una criatura, te obligaron a renunciar a lo más valioso que cualquier persona puede tener: la libertad. Te privaron de la misma naturaleza del ser humano, te privaron de cualquier forma de pensamiento propia, de percepción, de emoción, de imaginación o de voluntad para lograr cualquier cosa y te condenaron a ese estado mental vegetativo, a ese laberinto de infelicidad perpétuo del cual con casi toda seguridad nunca lograrás hallar la salida. Me recuerdas a lo que nunca quise llegar a ser.

0 comentarios:
Publicar un comentario